sábado, 22 de abril de 2017

CARETA - 25 de Febrero de 1.960 - España


Sara Montiel aparece solo en la portada.
UN CLAVEL
Exacto, junto a Sarita, el clavel a la española. Sarita está aquí, como siempre, como todos los días, llena de guapeza espectacular. Y ustedes que lo vean. 

EL RECORTE CCXLII
En su sección 'Sara Montiel escribe' de la revista Protagonistas, en número de 7 de Abril de 1.982, la estrella hacía todo un homenaje escrito al gran dibujante Mac, creador de los carteles más legendarios del cine, entre ellos, el de 'Carmen la de Ronda'. 

SARA MONTIEL
escribe

Hola. Hola… Holaaaa…
Hay ciertos reencuentros que te causan gran alegría. De la misma forma que ciertos encuentros son una gaita. Y me he sentido muy feliz del reencuentro que he tenido con Mac, el gran dibujante, al que no veía desde hacía muchos años.
Mac es un cartelista fenomenal, me atrevería a decir que es el mejor cartelista cinematográfico de nuestro siglo. Y también lo hubiera sido del siglo pasado si ya entonces hubiera existido el séptimo arte, pero por aquel entonces ni el cine había nacido ni Mac es tampoco tan viejo.
Mac ha sido el autor de los carteles –pósters-afiches- o como le quieran ustedes llamar, de todas mis películas. Algunos francamente geniales, como aquel de “Carmen la de Ronda”, que se reproduce en esta página.
Otro cartel famoso de este magnífico artista fue el que hizo para “Los Diez Mandamientos”, que dio la vuelta al mundo. ¿Se acuerdan? Se veía a Charlton Heston  con las tablas en brazos y en la parte inferior en letras gruesas y partidas por la mitad el título de la película. Puede decirse que este artista cartelista catalán ha sido el autor de los afiches de las mejores películas que ha dado la industria del cine. Hasta de el mismísimo Hollywood recibía encargos. Y la Paramount, la RKO, etc., se lo disputaban. Él, desde su estudio de Barcelona, creaba los carteles que luego se exhibían en las calles y fachadas de cines de todo el mundo, traducidos los títulos a los más distintos idiomas, pero manteniendo siempre exacto el dibujo que había creado Mac.
Pienso que la industria del cine está en deuda con este artista, como también lo está Barcelona. Es un artista cuya obra, repito, ha dado la vuelta al mundo; de su mente y de sus manos han salido creaciones básicas para el espectáculo rey de nuestra época: el cine.
Probablemente si Mac en vez de haber nacido en España hubiera nacido en Estados Unidos, en Inglaterra o en Francia en estos momentos tendría en su poder uno de estos Oscars con que la Academia de Hollywood premia la labor de aquellos hombres que con su esfuerzo, con su ingenio, con su entrega, con su arte, con su inventiva, etc., etc., han aportado un importante granito de arena en favor del séptimo arte. Les aseguro que Mac lo ha aportado. Pero, claro, nació en este país y aquí sólo nos acordamos de alguien cuando ya está muerto. Si es que nos acordamos. Y hacer causa común para que alguien en vida sea debidamente reconocido fuera de nuestras fronteras es pedir peras al olmo. Si Mac fuera francés seguro que ya tendría un Oscar de Hollywood, el mismísimo gobierno ya se hubiera preocupado de ello. Pero aquí siempre tenemos que ir a pecho descubierto, sin más ayudas que nuestras propias agallas y esquivando zancadillas.
A envidiosos no nos gana nadie pero a altruistas, a saber reconocer nuestros propios valores cualquiera que venga de fuera nos puede enseñar. Es esta una asignatura que los españoles aún no hemos sabido aprender. Todo lo contrario que los franceses, que se creen el ombligo del mundo.
Pero bueno, mi admirado Mac ha ampliado su campo de acción, su mundo de creatividad y en este feliz reencuentro me ha sorprendido mostrándome parte de su nueva obra pictórica, en la que ha sabido plasmar su enorme fantasía y su profunda preocupación por el momento que está pasando la humanidad sometida a los azotes del hambre, de la contaminación, de la amenaza de guerra, de destrucción atómica… Una visión dantesca tratada con un bello uso del color y unos trazos que evidencian el gran dibujante que hay en Mac, que, a pesar de su postura pesimista, siempre deja entrever en su obra un rayo de esperanza, más o menos remoto, una especie de ventana abierta al alcance del hombre que desee liberarse de todos los males que en estos momentos pesan sobre él.
Creo que cuando Mac exponga su obra va a causar verdadero impacto.


Antiguo cartel cinematográfico.

Me gusta reencontrarme con mis viejos amigos de la buena época del cine, por ejemplo, también, con Teresa, que ahora está en la sección de maquillaje y peluquería de televisión, en Miramar de Barcelona, y con la que cuantas veces coincidimos recordamos momentos y anécdotas vividas en común durante los rodajes de “El último cuplé” o de “La Violetera”. Teresa es una gran profesional, igual que todos los que en aquellos años trabajamos en los platós. Todos poníamos siempre la carne en el asador, desde el más humilde de los eléctricos pasando por los técnicos de sonido, de maquillaje, de peluquería, de sastrería… Nos gustaba y sentíamos el trabajo que hacíamos y cada uno dentro de lo suyo se sentía importante.
Cualquier parecido con lo que ocurre ahora es pura coincidencia. ¿Verdad, querido Miguel Cuso? He aquí otro de mis buenos amigos, de aquellos tiempos. Guionista de cine, novelista, con alma de artista, muchas noches al terminar el rodaje nos dábamos largas caminatas por las calles de Barcelona. Era la época de mis películas con los Balcázar, uno de ellos recientemente fallecido en México, dicen que en extrañas circunstancias. También me ha gustado volver a ver al querido Emilio Martos que siempre tuvo fe en mí y que tanto me ayudó contra viento y mareas.
Todos viejos amigos de unos años en que para todos el cine era lo más maravilloso y nos entregábamos a nuestro trabajo en cuerpo y alma.
Y es bueno recordar estas vivencias, saber mirar hacia atrás pero sin ira, con la satisfacción que siempre da el trabajo bien hecho. Porque lo que nosotros hemos hecho, amigos Mac, Teresa, Miguel, Emilio y un largo etcétera, ahí está. Y a ver quién es el guapo que lo pueda superar. ¿O no?, monos. Mis besitos para todos vosotros.

LA FOTO CCXLII 


Una escena de 'Carmen la de Ronda'.

domingo, 16 de abril de 2017

GACETA ILUSTRADA - 30 de Noviembre de 1.957 - España


G.I. en casa de
SARA MONTIEL

Arte, belleza, simpatía. Sara Montiel, señora de Mann, en la salita de su elegante piso madrileño. 

Yo creo que la mejor cualidad de Sara Montiel es que es una estrella como una copa de un pino. Estrella en todo: en su manera de hablar, de actuar, de vivir y hasta de pensar. Claro que Sara Montiel piensa mucho. Si se analiza su carrera paso a paso descubre uno inmediatamente que ha luchado –y habrá sufrido, naturalmente- muchísimo. Porque no se crea que “El último cuplé” es la segunda o la cuarta o la sexta películas en la carrera de la actriz: es nada menos que la número cuarenta y tres. O sea que durante cuarenta y dos películas, Sara ha estado a punto de alcanzar el éxito brutal… Pero siempre falló algo en el último momento. O la historia, o la dirección, o ella misma. Porque ella, que no es nada tonta, también sabe que tiene algunos títulos en su haber que preferiría olvidar.
Sara tuvo un arranque de suerte, porque la verdad, a los catorce años hacía su primera protagonista. Una protagonista que tenía que ser jovencita –recién casada-, pero no tanto. Resulta que Sarita, que en aquellos días se llamaba María Antonia- que así la siguen llamando su marido y Enrique Herreros, Enrique Herreros Jr., su madre y sus íntimos amigos-, era una chica hija de una familia humildísima. “Yo iba en un carro llevando vino de un lado para otro, con mi padre, que era un labrador…”, gritaba Sara desde el escenario del “Rialto”, de Madrid, una noche en que las ovaciones parecían taurinas. Pues bien, humilde, sin porvenir y sin futuro, María Antonia tenía ya algo. Unos ojos muy abiertos, un largo pelo anudado en una gorda trenza, unos dientes blanquísimos. Y un día, por la Semana Santa –en Orihuela, para más datos-, se le ocurrió a la chiquilla lanzar una saeta al aire. Y, como pasa en las historias de Hollywood, un mandamás de “Cifesa” la escuchó, la miró, la contrató y se la llevó a Madrid.



La cámara curiosea por el hogar de la triunfadora de "El último cuplé", seis meses en cartel en el mismo local de su estreno, en Madrid. Y nos descubre una parte de su guardarropa y la mesita del tocador. 

María Antonia conoció a Enrique Herreros que, de verdad, es su verdadero lanzador. Enrique pensó que lo de María Antonia Abad era muy difícil de decir y le puso e el nombre de María Alejandra. Pero aquello de no tener apellido le resultaba un poco triste y la bautizó definitivamente como Sara Montiel. Mejor dicho, Sarita Montiel. Lo que pasa es que ahora, después de su triunfo escandaloso, la gente ya no se atreve a llamarla Sarita y la llama Sara… Y, si me descuido, doña Sara.
“Cifesa” la dio un papelito en “Te quiero para mí”, junto a Isabel de Pomés. Hacía de colegiala y estaba monísima. Poco después era la protagonista de “Empezó en boda”, junto a Fernán-Gómez, una comedia moderna y divertida, donde Sarita ya empezaba a estar muy bien. Y luego, título tras título, hasta su “Locura de amor”, donde estuvo cerquita de ser estrellaza, pero en donde Aurora Bautista arrasó con todo. Mas aquella “mora” –guapísima, con su maquillaje oscuro- quedó grabada en todos, aunque se pasase bastante tiempo sin trabajar después debido a que enfermó. Yo recuerdo que fui a verla a su casa de Carmen, 17 (creo que este era el número). Había engordado mucho y estaba un poco desengañada. Resulta que, según me contó, durante el rodaje de “Locura de amor” hacía tal frío en los estudios, que ella, cada vez que hablaba, tenía que enjuagarse la boca con agua helada, para que no se notase el vaho. Y tanto se enjuagó y tanto hielo tuvo en la boca que agarró un catarro crónico que si aquello no acaba la que acaba es la pobre Sarita. Pasó algún tiempo en la cama, comió mucho, reposó mucho… Y engordó mucho. La chica estaba un tanto desilusionada. Creo que después hizo “El capitán Veneno”, y de pronto le llegó la oportunidad de marcharse a Méjico. Fue porque la habían nombrado “Reina de la Primavera” o, por lo menos, “Princesa de la Primavera”. La cuestión es que Sarita llegó a Méjico y la esperaba ya en el aeropuerto un Cadillac fabuloso y una escolta de motoristas. Y unas semanas después, un estupendo contrato para hacer “Furia Roja”, en la versión española.
Muchas películas en Méjico
Sara –ya no la llamaban casi nunca Sarita- se habituó a Méjico y fue ligando película tras película. Para decir el número exacto, veintiuna. (Antes había rodado en España dieciocho). Y en Méjico precisamente llegó la primera ocasión de cantar. Resulta que Sarita cantaba por las mañanas en su casa, pero así… como le salía. No se aprendía nunca las letras enteras y lo pasaba bomba. Resulta que hace una película con Agustín Lara y para el lanzamiento de la película, el gran músico la presenta en el escenario del Lírico.
-Mira, Sarita- le dice Agustín; -vas a cantar tres canciones…
-Pero, maestro, si yo nunca he cantado, si jamás he pisado un escenario, si sólo de pensarlo me pongo a morir…
-Nada, nada; tengo la seguridad de que será un éxito apoteósico.
Comienza la actuación de Sara. La primera canción es “María Dolores”, que la canta desde que la canción se puso de moda. “Muy bien, muy bien –le dice Lara-.Y ahora la nueva, la que acabo de escribir para ti…” Resulta que en aquellos tiempos, Agustín y María Félix se acababan de separar y todas las canciones de Lara eran alusivas a María: para bien o para mal. Recuerdan: “María bonita”, “Pecadora”… Bueno, pues aquella noche, todos los periodistas de Méjico estaban en primera fila dispuestos a copiar la letra… “para saber qué ‘quería’ decir el maestro”. Sara, al ver todo aquel ambiente, quiso morirse y repetía una y otra vez:
-No puedo, no puedo; si no me sé la letra.
-No te importe, el apuntador te la irá diciendo…
Bien, ya está en escena. Con mantoncillo, con pañuelo blanco, con un clavel en el pelo. Al principio, tenía que recitar la canción y aquello fue estupendo, porque escuchaba al apuntador perfectamente. Pero después atacó la orquesta, los violines subieron, los timbales sonaron… Y Sara no volvió a oír nada de lo que decía el apuntador. Y se inventó por completo la letra. Tuvo un éxito de escándalo, pero los periodistas se dirigieron a Agustín Lara para decirle:
-Maestro, la canción es preciosa, pero como Sara la ha cantado tan flamenca, pues… claro, nos ha sido imposible copiarla, entenderla del todo.
Ha pasado el tiempo y Sara sigue sin poder aprenderse las letras de las canciones. A ella el diálogo se le queda en seguida, pero las cancioncillas… Tiene un oído fabuloso para la música y lo mismo tararea a Beethoven que a Bach. Pero lo otro… Actualmente, en el rodaje de “La violetera” la he visto hacer un “tour de forcé”. Colocarse ante la cámara, con sus plumas, con sus brillantes, con su cara bonita… y poner gestos, sentir la canción… mientras tras ella alguien le va diciendo la letra. Dificilísimo. Pero es que Sara ha sabido convertir lo difícil en fácil.
En Méjico seguía haciendo películas. En unas hacía de india, en otras, de mejicana y en otras su personaje era de nacionalidad desconocida. Aprendió a hablar con la “s” y tuvo su primer contacto con Hollywood. Un grupo norteamericano preparaba el rodaje de una película con Glenn Ford y buscaba una estrella de un físico especial. Sara reunía todos los requisitos –aunque en aquel momento no sabía una palabra de inglés- y la contrataron. Pero aquel grupo productor no debía de tener mucho dinero, porque la cuestión es que se fueron hasta el Brasil e hicieron muchas fotos a Glenn y a Sarita, pero los devolvieron para su lugar de residencia. “Es decir –comenta Sarita- que no tuve suerte. Mi primera ‘chance’ un puedo ser peor…” Siguió en los “platós” aztecas, hasta que la llamaron para “Veracruz”. A ella no le gusta la cinta, no le gusta cómo está en la película. Pero hay que reconocer que entrar en Hollywood del brazo de Gary Cooper y Burt Lancaster no es ninguna tontería. No sabía inglés y se aprendió todos los diálogos fonéticamente. El resultado fue excelente. Tan excelente, que la “Warner” le firmó un contrato y le anunció su próximo título: “Serenade”, junto a Mario Lanza y Joan Fontaine, dirigidos por Anthony Mann. En aquel momento, Sarita no podía sospechar que Mr. Mann se iba a convertir en su marido.
Y se convirtió en su marido y Sarita y Anthony son muy felices. En estos momentos, Tony está en Madrid, pero se marcha dentro de nada, porque dejó una película a medio montar. La última de él es “The Tin Star”, con Henry Fonda y Anthony Perkins. Y la próxima, seguramente, será con Sara y con algún galanazo de allí.
Porque estos eran los proyectos hasta que llegó “El último cuplé”. Resulta que yo me marchaba a Nueva York en el avión de la “Iberia”. En el aeropuerto estaba Sarita, que llevaba el mismo rumbo. Fuimos hablando todo el viaje. Mejor dicho, parte del viaje, ya que Sarita duerme en los aviones como si estuviese sobre un colchón “Sema”. Recuerdo aquel viaje… Hacía mucho tiempo que no nos habíamos visto, debido a que ella vivía en América y yo no. Pero nada más despegar de Barajas nos pusimos a hablar. Iba a Nueva York con el fin de firmar unos seguros, ya que tenía que hacer una película con Clark Gable, en el Japón, y necesitaba estar asegurada.



Dos actitudes y dos "toilettes" caseros de la gentil "estrella". 

Los cuplés del “Último cuplé”
Durante nuestro viaje, Sara me fue cantando todos los cuplés de la película que iba a hacer, película que la lanzaría hacia el cielo de las estrellas. Por primera vez oí aquellas canciones en boca de Sara Montiel, que las iba a hacer de nuevo famosas en las cinco partes del mundo. Después, ya saben lo que sucedió. La bomba estalló en la Gran Vía de Madrid. Sara se convirtió en un mito, en una leyenda… Fuimos a esperarla a Barajas con ramos de flores y cientos de fotógrafos; llegó al “Rialto” y estuvo a punto de perder la vida. En fin, la gloria la tenía ENTRE LAS MANOS. La gran, pero no última oportunidad, le había llegado. El éxito, el aplauso…
Volvió a Hollywood para estar con su marido, para inaugurar su nueva casa, para perfeccionar aún más su inglés. “Serenade” y “The run of the Arrow” las ‘rodó’ ya directamente. Y sobre todo, se marchó a Hollywood para aclimatarse un poco con su éxito. Pero mientras tanto se había comprado un piso en Madrid, en la calle de San Bernardo, 117, en un lugar castizo; porque Sara, a pesar de haber nacido en Campo de Criptana, es más madrileña que manchega. Hasta en su manera de hablar. Sara habla con acento de chulapa desgarrada, dando mucha entonación a todas las palabras, mucho significado a todas las frases. De ahí su éxito como cantante: más que cantar, dice. Compró la casa y dejó a Enrique Herreros el encargo de decorarla y amueblarla. Cuando llegó por segunda vez a Madrid venía algo mareada, con traje de chaqueta negro y cuello de visón blanco. “Tengo ganas de descansar…” Ella, en aquel momento, ignoraba que horas antes instalaban las últimas alfombras, los últimos cuadros. La casa de Sara no es muy grande, pero tiene una terraza muy amplia asomada a la calle de San Bernardo. Hay una mezcla de antiguo y moderno al cincuenta por ciento, junto a muebles de estilo, muebles de última hornada. Hay una pared blanca y otra negra; una cortina blanca y otra negra; una butaca blanca y otra negra. “Más que una casa, es un estudio –me dijo Herreros-.  Aquí los fotógrafos podrán trabajar a gusto…”
Ahora “La violetera”
¿Qué proyectos tiene Sara Montiel? De momento, terminar “La violetera”, que hoy ‘rueda’ y que para ella supone una responsabilidad terrible, pues ya sabemos que se puede perdonar un éxito, pero dos… En “La violetera” vuelve a ser algo de lo que fue en “El último cuplé”. Una mujer que ama, que sufre y que canta. Diez canciones, entre ellas, la famosa del maestro Padilla, que dio la vuelta al mundo. Después, casi, casi pisándose los talones, una nueva versión de “Carmen”, quizá ambientada en nuestros días. Más tarde, una vuelta por Hollywood, donde ella y su marido han comprado los antiguos estudios de Charles Chaplin. Más tarde, dos nuevas películas con Benito Perojo. Y quién sabe si de pronto no se lanzará con un espectáculo musical sobre un escenario. Aunque creo que no. Porque ella, de verdad, donde vive es ante una cámara de cine.


Sarita durante un ensayo de una canción de "La violetera", su próxima película. 1.957 fue el año del gran éxito de esta actriz española que, como se sabe, está casada con el gran director cinematográfico norteamericano A. Mann. 

Ahora, en estos momentos, está ante la cámara. Traje negro, plumas blancas en la cabeza. Es el “Maxim’s”, de París. Va a cantar “Frou-frou”. Se da los últimos retoques, se pasa un peine, se mira en el espejo. Y luego, se pone a cantar. La cámara se va alejando, la estrella queda sola bajo los focos, su personaje ha comenzado a vivir. Y Sara Montiel, la María Antonia Abad, manchega de Campo de Criptana, brilla con luz propia. Esa luz propia que saben tener las estrellas de verdad aunque no estén iluminadas por los focos.

Alfredo Tocildo
(Reportaje gráfico: Basabe)


EL RECORTE CCXLI
Muchas veces se ha dicho que en España a Sara no le han dado el homenaje que merece. Quizá sea cierto, pero sólo relativamente. No se le ha dado en su última época, pero una vida y una carrera tan dilatada.... En 1.991 varios organismos de relevancia nacional se unieron para dar, con motivo de la reposición de "La violetera", todo un homenajazo a la diva. Así lo relataba la revista Pronto en su número de 9 de Febrero de aquél año. 

CON MOTIVO DE LA REPOSICIÓN EN MADRID DE “LA VIOLETERA”
EMOTIVO HOMENAJE A
SARA MONTIEL

Gran cantidad de curiosos se agruparon en la madrileña calle de la Gran Vía días atrás para ver de cerca a una de las reinas del cine español de todos los tiempos: Sara Montiel. La artista manchega protagonizaba así su primera reaparición pública desde el accidente que tuvo en el Teatro Apolo de Madrid cuando realizaba su último espectáculo.
El motivo fue un homenaje a la figura de la estrella por parte de diversos organismos. Entre otros: la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas Españolas, el Ministerio de Cultura, la Sociedad General de Autores y la Universidad Complutense de Madrid.
El acto, que culminó con la reposición de “La Violetera”, una de las películas míticas de Sara, contó con numeroso público, pero pocas caras conocidas. Uno de los primeros en llegar fue Moncho Borrajo, seguido de la actriz Claudia Gravy. Vicente Parra, gran amigo de la estrella, fue otro de los puntales. Después, en el patio de butacas pudimos ver a Jesús Gil y Gil acompañado de su esposa, el actor Antonio Ferrandis, la inevitable Cuquí Fierro, Esperanza Roy, Pitita Ridruejo, acompañada de su marido Mike Stilianopoulos; Rappel y Ketty Kaupman.
El homenaje fue presentado por María Teresa Campos, quién leyó unas palabras de Paco Umbral que no pudo acudir a la sala. A continuación Antonio Giménez Rico, director de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas Española entregó una placa a la actriz y le dio las gracias “por ser uno de los pocos mitos vivientes de España”. Luís Cobos, que acudió junto a Ángel, su guapa compañera, le hizo entrega de otra distinción en nombre de la Sociedad General de Autores. Sendas distinciones le fueron entregadas a la actriz también por Enrique Balmaseda en nombre del Ministerio de Cultura y por Antonio Martín de Iñón, presidente de Interflora.


La artista manchega con Luís Cobos, M.ª Teresa Campos y Antonio Giménez Rico, se mostró visiblemente emocionada. 

Personalidades y amigos de la actriz que no pudieron estar presentes mandaron a la estrella telegramas de felicitación. Entre éstos podemos citar el del alcalde de Campo de Criptana, Joaquín Fuentes Ballesteros; el del director de Televisión Española, Ramón Colón, y el de Gustavo Villapalos, rector de la Universidad Complutense. Pero el mejor homenaje se lo dio a Sara el público que había pagado su entrada para felicitarla y volverla a ver en “La Violetera”.
Gritos de “¡guapísima” o “¡es buena gente!” no cesaron en toda la noche.
Parte del espectáculo se desarrolló también en el patio de butacas, donde un travestí, que había acudido en compañía de varios amigos, parecía la doble perfecta de la cantante de Campo de Criptana, hubo gente que incluso les confundió. Como dato curioso, citar que todas las damas asistentes fueron obsequiadas con un ramito de violetas, mientras que los caballeros recibieron un puro.
Sara, visiblemente emocionada, apenas pudo articular palabra alguna. Se limitó a dar las gracias y a tocarse la garganta diciendo: “tengo el corazón aquí, no me sale nada”.

Texto: JULIAN S. LLATA
Fotos: JUAN J. PEREZ Y EUROPA PRESS


LA FOTO CCXLI


La diva en su film más exitoso: "La violetera". 

viernes, 24 de marzo de 2017

SINGRA - 17 al 23 de Mayo de 1.957 - Brasil


La diva aparece solo en la portada. 

EL RECORTE CCXL
'El último cuplé' llevó a Sara Montiel a los cines del mundo entero. Pero también a las portadas del mundo entero. En 1.987, cumpliendo los 30 años del legendario film, la estrella hacía memoria de algunos entresijos de la película y los beneficios que le reportó. Fue para los Domingos de ABC en su número de 10 de Mayo. 

SARA MONTIEL
LA NOSTALGIA DE UN CUPLÉ
Parece que fue ayer, pero ya han pasado treinta años desde aquella primavera en que en Madrid se estrenaba “El último cuplé”. Sin embargo, Sara Montiel sigue siendo un mito. Media España está enamorada de ella y fue la guapa chica que despertó los primeros sueños eróticos de los adolescentes de posguerra. Ahora vuelve a Madrid a cantar sus cuplés, y lo va a hacer el miércoles en Scala, con sus canciones de siempre. Son las cinco de la tarde. La eterna Sara Montiel, con traje de seda estampado de pantera, apura su “Montecristo”, pero sin tragarse el humo. Está guapa, muy guapa, con el pelo tirante hacia atrás y recogido en un moño. Sobre su frente, una cinta dorada del mismo tono que los zapatos. Un cuidado maquillaje resalta aún más sus pómulos, y las uñas hacen juego con el terciopelo del sofá donde estamos sentadas, rodeadas de obras de Solana, Palencia, Grau Sala, Ramón Casas, Fuster, Cuillat Valera, Eduardo Vicente… y hasta un par de cuadros de la propia Sara; uno tiene las nubes algo alborotadas –“es que en acuarela no se puede corregir”-. Desliza su lánguida mirada mientras abre y cierra las pestañas enormes de sus ojos, a veces miel, a veces verdes. Habla suavemente, castizamente, deslizando las palabras, arrastrándolas más bien. Es la suya una voz sensual, genial. Apenas gesticula y sus palabras salen de la boca como estrofas de cuplé. El erotismo de Sara es tan familiar, tan cotidiano…


-Este mes se cumplen treinta años del estreno de “El último cuplé”. ¿Sigue viva?
-Vivísima. Acabo de venir de Estados Unidos y allí la tienen como un clásico mundial del cine. Igual pasa en Francia.
-¿Y en España?
-Aquí está en todos los video-clubs, y se matan por comprarla o alquilarla.
-Y eso le emociona, claro.
-Y también me sorprende. Pero creo que ver “El último cuplé” es algo así como ver “Casablanca” o “Lo que el viento se llevó”, porque es un clásico de la historia del cine.
-Tanto que cada vez que se acuerda le entra nostalgia.
-Sí, pero es humano. Fueron unos años muy bonitos, aunque también fue una lucha titánica la que sostuve para hacer la película. No existían los medios de comunicación de ahora, pues hoy cualquiera canta, aunque no tenga voz; sólo con que sepa decir ‘A-E-I-O-U”, graba un disco. Pero sí, tuve mucha suerte.
-Y mucho éxito…
-Un éxito que nadie se esperaba. Yo era muy joven y creía que no había hecho nada, pero resulta que sí.
-Tanto que sus cuplés siguen tan vivos como el primer día…
-Es terrible, pero no puedo cambiar de repertorio, porque el público quiere las canciones de “La violetera” y “El último cuplé”. Si no canto “Nena” o “Fumando espero”, no veas la que se organiza.
Sin arrugas
-Y aquellos cuatro meses de rodaje a 250 pesetas diarias de dietas estarán cargados de anécdotas…
-Pues sí, y además muy divertidas. Como no había dinero para nada, las cosas se hacían a ciegas. Fíjate, me tenían que maquillar de mujer mayor de más de cincuenta años. Yo entonces tenía veintiséis. Bueno, pues me pusieron arrugas por la cara y el cuello, bolsas en los ojos… En fin, hecha una pena. Como no se podían ver las pruebas, cuando admiramos el resultado fue en la proyección. Y, francamente, estaba guapísima, sin ninguna arruga, pese al maquillaje.
-Sería el destino, Sara, que ya vaticinaba su magnífico cutis.
-¡Madre mía! Ahora tengo cincuenta años y para que me salgan arrugas me las tengo que pintar.
Hombres a patadas
-Y de repente vino la Columbia y usted firma por un veinte por ciento de las ganancias del disco…
-Me hice, nos hicimos millonarios en tres meses. Porque entonces sí se vendían discos. Pasé de no tener una “perra”, a millonaria y a hacer ricas hasta a las taquilleras de los cines, pues revendían las entradas. He tenido y tengo un público maravilloso, fiel, tanto masculino como femenino; es más, los jóvenes me conocen ahora a través del vídeo (Sara pronuncia video) y a los de cuarenta para adelante pues les sigo gustando, me quieren, me tienen aprecio.
-Media España está enamorada de usted, pero en aquellos tiempos del cuplé ¿qué hombres importantes le tiraron los tejos?
-Mira hija, me he tenido que quitar de encima a los hombres a patadas. Era terrible. No podía salir a la calle porque me acosaban. Yo sí he sido profeta en mi tierra. Pero también he tenido problemas. Cuando volví de América me había casado por lo civil con Anthony Mann y eso aquí era un pecado. Así me miraba la gente, como una pecadora, y era perseguida moral y físicamente.
-O sea, Sara, que no tuvo ningún pretendiente ministro…
-Conmigo no va la erótica del Poder. Pretendientes ministros no tuve, pero sí presidentes de Gobierno, como los de México o Rumanía.
-Y la picaresca que conlleva la censura ¿hacía que en aquellos tiempos se amase más?
-Se amaba de diferente forma, más escondida. Ahora, más que libertad, lo que hay es libertinaje. Yo en aquellos tiempos me sentía bien, no vivía en España, donde había que llevar una doble vida, porque con la censura había que desdoblarse…


Sara Montiel con Carmen Fuentes durante la entrevista mantenida en la casa que la artista posee en Madrid

Unos lazos
-Y quién fue el primero que le dijo: ‘¿Quieres ser mi novia?’
-Adolfo Wondosell, marqués de Arneva. Y me regaló unos lazos.
-Y lo de: ‘¿Quieres casarte conmigo?’
-Miguel Mihura. Él fue mi Pigmalión, me enseñó a leer, y, francamente, yo estaba enamorada, pero no nos casamos porque era muchísimo mayor que yo. Pero sí mantuvimos un amor platónico muy importante.
-Ha tenido usted tres maridos, montones de novios y amantes. Pero de todos, y quitando a Pepe Tous, que nos está escuchando, ¿quién fue el mejor? ¿De quién guarda estupendos recuerdos?
-De Tony Mann, mi primer marido. Mira, el día que nos divorciamos, aquí en Madrid, a la salida del Consulado americano, alguien nos preguntó: “¿Y dónde vais ahora?” “Pues a nuestra casa”, le contestamos. Porque incluso después de divorciarnos seguimos viviendo juntos hasta que él se marchó a Estados Unidos. Fue una persona maravillosa, de la que aprendí mucho.
-Terenci Moix, su amigo, dice que la lengua de Sara es como el guante de Gilda.
-Son las cosas de Terenci, que es un amor.
La bofetada
-¿Y no ha tenido nunca que quitarse el guante?
-Yo soy una mujer bastante deslizona, melosa, mimosa.
-Que jamás ha dado una bofetada a nadie.
-Sí, y algunas incluso con guante.
-Porque algunos hombres que sí merecen una buena bofetada.
-Por supuesto. Yo tuve que darle una a un señor desconocido que tocó donde no debía cuando me senté en sus rodillas en el teatro.
-Pero bueno, una bofetada de Sara Montiel es casi como un beso…
-No te creas, que aquélla fue un buen guantazo.
-¿Y Sara ha utilizado mucho este tipo de “caricias”?
-Eso es otra cosa. Una puede estar enamorada y pegarle a uno una bofetada por algo. Es una buena terapia para la reconciliación. Pero el amor “a bofetadas” no me va. Soy tremendamente mimosa. Claro que a lo mejor pego una bofetada de esas que apenas se nota, porque lo hago suavemente. Tuve un amor muy turbulento, con un italiano, que duró siete años. Él era celoso y yo no, y así no se puede vivir.
Vuelta al cine
-Planes para el futuro: ¿tiene muchos?
-Tantos que no sé por dónde empezar. Dentro de unos días actúo con un nuevo “show” en Madrid, en Scala. Con un popurrí de mis canciones y dos nuevos temas con letras y música mías, “Amante” y “Amores de mi soledad”. Después me voy a Las Palmas, más tarde iré unos veinte días a Brasil a hacer televisión, y luego las galas de verano por toda España. Pero siempre regresando a casa, porque no quiero dejar a mis hijos.
-¿Y de volver al cine qué?
-Televisión quiere que haga un filmado importante y que vuelva al cine, pero lo veo difícil. Yo dejé el cine hace unos años porque se hacían unas cosas muy raras. Y me fui al teatro musical, a viajar… Ahora quieren que vuelva, y estamos en conversaciones, y me imagino que si todo sale bien volveré a finales de año o comienzos del próximo. ¿Ilusión? ¡Claro que me hace! Es volver a mis raíces.
-¿Y con quién le gustaría volver?
-¡Ah!, eso no te lo puedo decir.
-Siempre trabajando, siempre cantando, siempre en la picota…
-¿Retirarme yo? Nunca. Tina Turner tiene cinco años menos que yo y ahí está… Las cincuentonas estamos de moda; sobre todo las que podemos cantar y dar la cara.


Soy “punky”
-Me habla usted de Tina Turner. ¿Se siente “punky” o “rockera”?
-¿Por qué no se va a ser “punky” a los cincuenta y tres años? A mí me gusta el “rock”. Adoro a Miguel Ríos, y no es precisamente un pipiolo. Tampoco Ramoncín tiene dieciséis años, y ya ves, sigue haciendo “rock”; no se va a poner ahora a cantar misa…
-¿Y Sara Montiel tiene alguna manía?
-Sí, soy muy maniática con la comida de mis hijos. Hago exactamente lo que me dice el pediatra. Para mí no soy maniática. Ahora, a mi edad, tendría que estar gorda y ya ves tengo un peso ideal con cincuenta y siete kilos, cosa que de jovencita no podía conseguir, porque tenía una enfermedad que me hacía estar redonda y se me iba todo acumulando en el culito, en… Sí, la enfermedad se me pasó, y aunque no he estado nunca esquelética, ahora procuro comer verduras y carnes asadas.
-¿Prepara usted cocina científica (todo muy pesadito) o cocina por teléfono? (pedir ayuda a quien lo sabe hacer).
-No, yo preparo “cocina a ojo”, y hago un arroz pobre de “depende”, de depende de lo que haya sobrado, que le doy el punto exacto. No me preguntes cómo lo hago porque es algo muy mío.
-Pero sí tendrá una receta especial para invitados…
-La pata de cordero al champaña. Es un invento mío, y se hace añadiendo las copas de champaña poco a poco.
Al champaña
-Debe ser éste un menú casi afrodisíaco…
-No creo en esas cosas. Todo depende de la compañía. Si ésta no te estimula…
-O sea, que le va eso de “contigo pan y cebolla”.
-No, hija, lo prefiero todo regadito con champaña; al menos no pica los ojos.
-¿Y Sara sigue la moda y a los diseñadores españoles?
-No, porque soy anárquica, y depende de cómo me sienta para vestirme de una manera o de otra. Para mí no existe la moda. En verano me cuelgo unas faldas transparentes y unos collares exóticos y a correr.
-En más de una ocasión ha dicho que le gustaría para España un socialismo democrático, con justicia y libertad. ¿Cómo el que tenemos?
-Bueno, llevan poco tiempo, y el mundo no se hizo en cuatro días. Me gusta la libertad y la democracia y para mí los Reyes son intocables. Y lo han sido desde siempre. Fíjate, cuando me casé por segunda vez, en Roma, el ramo de novia lo dejé en la tumba de Don Alfonso XIII. Y fui muy criticada.
Ahora prepara el vestuario para su actuación en Madrid. “Sara en Scala” es el título del espectáculo, que hará reír a unos, soñar a otros y llorar de emoción a muchos: a toda aquella generación de “carrozas” que estuvieron y siguen aún enamorados del cuplé y de Sara Montiel.

Por Carmen FUENTES


LA FOTO CCXL

Inolvidable escena de "El último cuplé".


domingo, 12 de marzo de 2017

HOLA - 19 de Marzo de 2.008 - España


La popular artista, siempre sorprendente
SARA MONTIEL
Ochenta años, ochenta velas y sus dos hijos al lado
“He vivido y continúo viviendo muy intensamente, que es lo más gracioso”

Sara Montiel con su clásico cigarro puro y sus espectaculares joyas, posa en su ático de Madrid al cumplir ochenta años. 

Tiene, el aire de quien ha pisado Hollywood y la silueta de Gary Cooper en la retina. Ochenta años de historia viva nos contemplan. Intensa y emocionante. También triste. Que hay de todo en la vida de esta manchega universal, Dulcinea para sus grandes amores. Ochenta velas, ni una más ni una menos, aguardan dando lumbre a la sombra de sus hijos, Thais y Zeus.
-Ochenta años como ochenta soles, Sara.
-Pues mira. Gracias a Dios, voy cumpliendo años. Recuerdo que cuando celebré los sesenta y mi marido Pepe Tous me dio un fiestón, me dije a mí misma: “A ver si llego a los ochenta!”.
-Pues aquí estás.
-Sí, he llegado.
-Harás algo especial.
-Mi pueblo me pone una estatua en Campo de Criptana, mi tierra natal, el próximo veintinueve de marzo. Y luego también inauguraré el molino ‘El Culebro’, que lo han restaurado porque es del siglo once y se estaba cayendo. Aparte, el Museo Sara Montiel.


Momentos antes de apagar las ochenta velas de la tarta en su casa de Madrid y rodeada por sus dos hijos, Thais y Zeus. 

-Ochenta años muy intensos.
-Mucho. Porque he vivido, gracias a Dios, muy intensamente. Artísticamente y como mujer. Y lo más gracioso es que lo estoy viviendo ahora también.
-Con todos mis respetos, Sara, no es lo mismo vivir la vida a los ochenta que a los veinte.
-Por supuesto que no. A los veinte no piensas nada, no oyes nada.
-Pongamos a los cuarenta entonces.
-Eso ya es otra cosa, que están más cerca de los ochenta.
-Mujer, tanto como muy cerca…
-Me refiero a que puede ser un poco parecido en la manera de pensar. Yo tengo la suerte de que me voy deteriorando poquito a poquito. Pasan diez años, y un poquitín; pasan otros diez, otro poquitín. Son genes que se tienen, qué quieres que te diga.
-Si tú lo dices, Sara…
-Fíjate si me encontraré bien que ha venido un empresario maravilloso empeñado en que trabaje con él. Quiere que me presente en varios sitios de España y luego, en septiembre, en la Gran Vía de Madrid.
-Te has “liado la manta a la cabeza” seguro.
-Yo le he dicho que sí.
-Eres una valiente, Sara.
-Pero sólo es un sí momentáneo, porque estoy indecisa todavía. Lo único que tengo que hacer es irme a Melilla para ensayar con mi maestro de canto. Ya son veinte años los que llevamos trabajando juntos.
-Tú eres una artista muy seria, y si dices sí, es que sí.
-¡Por supuesto! Yo no hago “play-back”, sino que canto en vivo con mi orquesta, con mis coros. Por eso tengo que prepararme bien.


Sara Montiel, que tiene intención de regresar a los escenarios próximamente, sopla las velas de la gran tarta con la ayuda de sus hijos. 


Thais ríe divertida mientras le da un poco de tarta a su madre. 

“DE AQUÍ A LIMA”
-Habrá habido algún acierto a lo largo de todos estos años, pero también errores.
-Y muchos.
-Siempre hay uno mayor que otro.
-Casarme con el cubano, que no sé por qué lo hice.
-Pues si tú no lo sabes…
-De todas formas, creo saberlo, aunque no lo puedo decir, porque se trata de algo muy íntimo y privado.
-A lo mejor querías demostrarte a ti misma que aún tenías capacidad de seducción, Sara.
-Por ahí no van los tiros, porque yo he tenido tíos más importantes que el cubano “de aquí a Lima”.
-Pero lo de Tony Hernández ya forma parte de tu pasado.
-¡Por supuesto que ya lo he olvidado! Enseguida le mandé a “freír monas”.
-Y hasta hoy.
-Bueno, cuando se murió mi hermana me llamó el chico para darme el pésame.
-Mira, un detalle.
-Las cosas como son.
“SI TU ME DICES VEN, LO DEJO TODO”
-Giancarlo.
-Mira, precisamente ayer mismo estuve hablando con él por teléfono.
-Parece como el Guadiana.
-¿Qué dices? Él siempre ha estado ahí. Siempre. Yo no le llamo, él me llama a mí.
-Y ahí sigue.
-Ahí.
-Como dice el bolero: “Si tú me dices ven, lo dejo todo”.
-Lo mismo.
-Pero nunca te llegaste a casar con él.
-No lo veía claro.
-Te refieres como marido.
-Que no lo veía claro, y ya está.
-Tiene éxito con las mujeres.
-Bueno, sí, pero no era por eso. ¡Y mira que mis hijos le quieren! Zeus y Thais le conocen desde el noventa y tres, cuando apareció en la televisión allí, en Barcelona, al año de morirse mi marido.
-Quieres decir que tus hijos siempre han estado al tanto de tu vida pasada.
-Siempre.
-No sé por qué me da, Sara, que tienes por ahí algo.
-Fijo.
-Pues tú dirás.
-Tengo un africano hace ya tres años.
-Del Norte…
-No, de Marruecos, del Sur. Llevamos ya tres años juntos. Lo que pasa es que yo ya no digo nada. Fíjate que acaba de estar aquí cinco días y no se ha enterado nadie…


La popular artista brindando con sus hijos: "Thais y Zeus continúan viviendo conmigo. ¿Cómo van a dejar un hotel de cinco estrellas así porque sí?"

“UN COMPLEJO RESIDENCIAL EN EL ATLAS”
-¿Y quién es él?, como dice José Luís Perales en una de sus más famosas canciones.
-Es arquitecto, y está haciendo un complejo residencial en la cordillera del Atlas.
-Revela por lo menos su apellido.
-Bobet. Es de padre francés y madre española. Pero viene muy poco por aquí. Yo le conocí en Marruecos.
-Más joven que tú.
-Tiene cincuenta y seis años.
-No se te ocurrirá casarte otra vez.
-Pero, ¿qué dices?
-Conociéndote, Sara…
-¡Que no! Está divorciado. Es muy majo. Tiene los ojos claros.
-Tendrán tus hijos que dar el “visto bueno”.
-No lo conocen.
-No ha ido todavía a tu casa.
-Qué va. La experiencia es la madre de la ciencia.
-Lo dices por tu experiencia anterior.
-Por eso.
-Hablando de tus hijos: Zeus va como un cohete en su carrera musical.
-¡Como un auténtico cohete! Ni te lo imaginas. Trabaja con Oscar Gómez, y creo que su disco saldrá por abril o mayo. Está ahora grabando.
-He leído que es un chico muy romántico.
-Claro que lo es. Lo que pasa es que uno de sus primeros amores le salió “rana”, y entonces él era muy jovencillo.
-No me digas más.
-Y entonces, claro, ahora es más precavido a la hora de volver a enamorarse.
“LO QUE LE GUSTAN SON LAS LETRAS”
-Porque Thais estudió en Londres.
-Terminó Derecho hace mucho tiempo, pero no ejerce. Acaba de cumplir veintinueve años.
-No le gustan las leyes, entonces.
-No, no le gusta el Derecho. Va a Londres de vez en cuando. Seguramente se va a aquedar a vivir allí en el Discovery Channel.
-Como presentadora.
-Pienso que en un programa divulgativo. Thais hizo un máster sobre Shakespeare en Cambridge. Es una erudita en ese autor. Lo que a mi hija le gusta de verdad son las letras, la Historia, leer…
-Pero los dos continúan viviendo contigo.
-¡Cómo van a dejar un hotel de cinco estrellas así porque sí!
-Sólo te falta un nieto.
-Como es tan rara hoy la juventud… De pronto tienen hijos como de pronto no los tienen.
-Serías una abuela divertida.
-Yo sería una abuela sensacional. Una abuela cañón. Pues como soy.
-Mira que tienes vitalidad…
-Tengo una mentalidad muy abierta. La he tenido toda mi vida. Por ejemplo, me llevo de cine con los chicos de quince, de dieciséis, de dieciocho años… Hablo con ellos normalmente, como si yo fuera de su edad.


Sara Montiel y Thais posando delante del famoso cuadro de la artista que está en el salón de su casa y que ha dado la vuelta al mundo. "Mi hijo, Zeus, va como un cohete en su carrera como cantante", asegura la cantante, a quien van a erigir una estatua en la localidad manchega de Campo de Criptana (Ciudad Real), su tierra natal. 

“MUY DURO PARA UNA MADRE MAYOR COMO YO”
-Te ha tocado a ti bregar sola con tus hijos.
-Cuando murió mi marido, mi hija tenía trece años y mi hijo nueve. Tuve que entrar de lleno para levantarlos y cuidarlos.
-Sola.
-Sola. Eso fue muy duro para mí. Es muy duro para una madre ya mayor como era yo. Porque dices: “Bueno, me he quedado viuda con cuarenta y cinco años y tengo a mis hijos”. Pero es que tenía sesenta y cinco años cuando murió mi marido.
-Hablemos de cosas menos tristes, Sara, que estamos en tu cumpleaños.
-Te contaré que, de vez en cuando, me hago un regalo a mí misma.
-Una joya, dime que me equivoco.
-Pues mira, hace poco vi una sortija preciosa de brillantes y me dije a mí misma: “Mira, como ésa no la tengo”.
-Y cayó.
-¡Vaya que si cayó!
-Hablando de alhajas. ¿Sabes que va a abrir Tiffany en Madrid?
-¡Qué bien! Pero yo ya tengo un collar, unos pendientes y una pulsera de Tiffany. Me las regaló Tony Mann, mi primer marido.
-No te falta de nada, Sara.

Texto: TICO CHAO
Peluquería: MANUEL ZAMORANO
Maquillaje: CATI


EL RECORTE CCXXXIX
Si en el año 2.008 la diva cumplía 80 maravillosos años, en el 2.000, a la edad de 72, hacía un repaso por su dilatada vida y carrera profesional en su libro de Memorias. Así se expresaba la artista para la revista Magazine (La Vanguardia) en su número de 4 de Febrero de 2001.


SARA MONTIEL
una diva en su santuario



Con batín de seda de Christian Dior, perrito de aguas y cigarro habano, Sara Montiel posa en su dormitorio. 

A-no-na-da-da, a-bi-ga-rra-do, mo-rro-co-tu-do… Sara Montiel parece tener debilidad por los vocablos polisilábicos, enfáticos y recargados, unos vocablos que en su boca suenan aún más polisilábicos, enfáticos y recargados y que concuerdan perfectamente con las extensiones anaranjadas de su cabellera, con las larguísimas uñas postizas azules e imposibles y la copa de plata (vacía) que sostiene en la mano cuando nos recibe. “Hola-a-a… ¿No ha venido José Martí?”. Un muro recubierto de espejos, instalado al fondo del salón para crear la sensación de espacio, duplica la irrepetible figura de doña Sara.
Ya en el rellano de su apartamento –el ático de un edificio moderno en el corazón del barrio madrileño de Salamanca-, un retrato suyo de grandes dimensiones advierte que se está entrando en territorio saritísimo. Tras llamar a la puerta y obtener el huraño consentimiento de un perrillo de aguas, el visitante se encuentra súbitamente desbordado por los más variados estímulos ópticos, una especie de último cuplé de la decoración lujosa y abigarrada que desanima cualquier voluntad de establecer un inventario más o menos exhaustivo.
Todo tiene aire caro y de otra época, incluso un papel de Miguel Barceló –una especie de gato despatarrado y violento, fechado en 1.981-, al que hacen compañía un icono ruso y un rancio óleo de Palmaroli.
Desde el fondo del pasillo, tapizado de arriba abajo con retratos de la artista en diversos momentos de su larga carrera, llega el inconfundible resoplido de una olla exprés. “¿No ha venido José Martí?”.
El reportero José Martí Gómez es una de las personas que mejor conocen a Sara Montiel. Es más, podría asegurarse que Martí conoce incluso a María Antonia Abad. Durante muchas tardes, José Martí escuchó pacientemente a ambas para redactar unas “Memorias” que se publicaron por entregas, y con gran éxito de público, en un semanario de actualidades mundanas y sentimentales. Martí fue testigo de primera mano del insólito cambio que se operaba en María Antonia Abad, una criatura sencilla, manchega y entrañable, cuando Pepe Tous, su marido, interrumpía los coloquios con el reportero-biógrafo para anunciar una visita, tal vez el empresario de un teatro mexicano, el representante de una casa discográfica… Entonces María Antonia Abad se levantaba, hacía una cosa rara con la boca y, convertida repentinamente en Sara Montiel, estrella internacional, mito ibérico y superlativo, decía: “Hola-a-a”.
No, José Martí no ha venido esta tarde a Madrid, donde cae una lluvia de todos los diablos y en las emisoras de radio que sintonizan los taxistas se debaten, como si fueran cuestión de Estado, los amoríos de Sarita Montiel y un premio Nobel de Fisiología y Medicina, recientemente aireados por la primera en la versión 2000 de sus recuerdos. No ha venido José Martí y de María Antonia Abad parece no haber ni rastro en este apartamento decorado hasta la asfixia. Todo es Sara Montiel. El maquillaje feroz, el traje de noche para la tarde, el chal de pedrería roja, los zapatos negros con tacón alto y pompones emplumados, la joyería pesada y el generoso arrastre de vocales.


En las paredes no cabría ni un sello de correos. Los ciento cincuenta y tres cuadros –confesados- que posee la artista forman una de las pinacotecas más caprichosas nunca vistas: dibujos de Picasso, Casas, Guayasamín y Gutiérrez Solana; óleos de Urgell, Sorolla, Pruna y Cittadini; un retrato de la propietaria firmado por Roca Fuster –“mi preferido”-, alguna concesión al género abstracto y desproporcionado y unas payesitas mallorquinas de Coll Bardolet, prueba fehaciente de que la artista vivió muchos años en Mallorca, donde una casa no es una casa que se respete si en alguno de sus rincones no cuelgan, enmarcadas, algunas de las miles de payesitas minimalistas que pintó Coll Bardolet.
-Afuera, en la terraza, hay una piscina, pero no se puede salir a ver porque llueve- nos informa Sara Montiel mientras atiende con irreprochable profesionalidad a las peticiones de Montserrat Velando.
-No se preocupe; yo me entretendré mirando cosas.
Sofás, butacones, divanes y otomanas dan buena cuenta de la superficie inmobiliaria. El resto se lo disputan mesitas bajas, mesitas y muebles relativamente chinos, cubiertos de laca negra. Hay cuernos de marfil tallado y licoreras de Bohemia; estatuillas belle époque, arts déco y precolombinas; huevos de jade y ónices de formas caprichosas; jarrones, jarras, jarritos, cántaros y ánforas; una mesa de cristal sostenida por unos funcionales elefantes de cerámica y una colección de unos doce caniches del mismo material que parecen ladrarle a una lamparilla modernista.
Sobre la mesa de comedor, una urna de cristal protege un exuberante bodegón de flores y pájaros, ambos exóticos y disecados; en los exiguos lugares de paso acechan los miembros de una desperdigada sillería de maderas nobles dispuestos a hacernos tropezar innoblemente… Un paraíso del antidiseño. La pesadilla de un patoso.
Contra todo pronóstico, Sara Montiel insiste en ser fotografiada como una odalista traviesa y sensual. Convierte la chalina en chador, se arremanga con todo desparpajo las largas faldas negras y se deja caer de través en un butacón. “¡Antoñita! ¿Te has mareado?”, pregunta un amigo recién llegado al encontrarla en tal posición. “Llevo cincuenta y seis años de carrera i-nin-te-rrum-pi-da; soy una de las mueres más fotografiadas del mundo. Cuatro portadas en ‘Life’; tantas en ‘París Match’… ¡Qué sé yo! ¡La de fotos que me han hecho! Oye, que ahora no se te ha disparado el flash; vamos a repetir…”
El dormitorio es la apoteosis del estilo saritísimo. Un pasillo forrado de tejido damasquinado preludia una habitación en la que los elementos dominantes son un espejo veneciano –“comprado en Italia, claro”- un par de camas cubiertas por abullonadas colchas de raso blanco y un televisor de bastantes pulgadas. Para esta sesión de fotografías escoge un camisón de seda rosa de Christian Dior, un Montecristo del número cuatro y el perrito de aguas; nada más natural cuando una ha hecho el aprendizaje de estrella en el Hollywood de los años dorados, ha compartido cartel con Gary Cooper y Burt Lancaster y fue el propio Hemingway –“Ernesto; con él no fue amor, sino puro sexo”- quien le enseñó a fumar habanos prerrevolucionarios, cuando ella tenía apenas 22 años.
Nos sentamos a charlar en el salón, frente a una mesa baja de cristal abarrotada de objetos familiares: mandos a distancia (cuatro unidades), teléfonos móviles (tres), ceniceros de plata, puñados de calderilla, pañuelos de papel, cortaúñas, clips, recibos de empresas de mensajería, un platito de patatas fritas, colillas de puro… Ella habla de cosas glamurosas y lejanas –sus casas mallorquinas, sus amantes ilustres y maduros- mientras por la casa se esparce un olorcillo de casa española a las ocho y media de la tarde de un día lluvioso: olor a verdurita cocida.


-¡Hermana!- , grita de repente, en un fulminante relampagueo de María Antonia Abad; ¡Hermana, cena tú, que yo voy a salir!
-Mi hermana… Ocho años mayor que yo… La hemos des-hos-pi-ta-li-za-do recientemente… Fractura de meñisco –informa mientras se envuelve nuevamente en volutas de  humo y en los pliegues de su complicado personaje.
Volvemos a la Mallorca de Pepe Tous, pasando por California –donde tuvo una cocinera sureña que preparaba un “pavo americano que estaba de rechupete”-, Madrid –donde en una época le tiraban piedras por la calle si salía con pantalones- y aquel inolvidable Moscú soviético de otros tiempos en el que las masas obreras y campesinas se rendían clamorosamente a sus pies.
-Pepe Tous sigue estando muy presente… -le decimos, señalando las fotografías familiares repartidas por el salón.
-Sí; aquí lo tenemos, en ese jarrón…
-¿Disculpe?
-Ahí tenemos sus cenizas… En ese jarrón… Ahí está siempre.
-Euuuh… ¿Es un jarrón…? ¿Un jarrón chino?
-Chino, no, che-col-lo-va-co. De por-ce-la-na. Con incrustaciones de oro y de pla-ti-no.
Poco a poco van llegando los amigos que la sacan esta noche a cenar. La saludan con mucha zalamería y le preguntan si ya ha llamado a Umbral para felicitarle, si quiere ir el domingo a oír a Tamara, “a la de Farina, no a la furcia esa”, etcétera, etcétera…
Sara Montiel se enfunda en un elegante abrigo cerrado con cuello de pieles, pero los amigos la mandan a cambiarse, ipso facto y de arriba abajo. “Es que la llevamos a cenar a un sitio hippy, ¿sabes?”.
Afuera, la lluvia bate la terraza, la piscina doméstica, los muebles de jardín de hierro forjado y los arbolitos que crecen en enormes jardineras. Al enfilar el largo pasillo, dispuestos a abandonar el territorio Sarita, pasamos frente a la cocina, donde una señora mayor y circunspecta, recién hospitalizada, como un plato de judías verdes.
-¡Hermana! ¡No me esperes levantada!

Texto de: Emiliano Manzano
Fotos de: Montserrat Velando


LA FOTO CCXXXIX


Espléndida.